La Sombra de Armstrong: un viaje por el espacio interior de Matías Maldonado

La música de las palabras. Por: J.S.Monzón

Según un estudio reciente publicado por el CEO de la plataforma de streaming Spotify, ingresan por día unas 23.000 nuevas canciones a su catálogo. Canciones antiguas, reversiones y canciones nuevas. Teniendo en cuenta que Spotify es una de las plataformas con menos música disponible en su biblioteca (muy por detrás de YouTube Music, Deezer o Apple Music), no resulta descabellado afirmar que mes a mes se acumulan de a millones las nuevas canciones en internet. ¿Y cuántas nacen por día en el anonimato absoluto? Imposible saberlo. Lo que es seguro es que el firmamento de canciones crece constantemente y a diferencia de las estrellas, estas no se apagan con el paso de los años. Entre tantas constelaciones varios estrenos pasan desapercibidos. A mediados del 2020 se publicó La Sombra de Armstrong, el tercer disco del cantautor sanducero Matías Maldonado: once canciones de larga tradición en su repertorio, que dan cuenta del universo personal de un compositor que influido por la magia de las palabras, el carnaval y la música de autor, alimentan su propio mundo con sencillez sin caer en las tentaciones del simplismo.

Tres planetas

Hay cierto relato estético que se cuenta en los discos de Matías. Su ópera prima, Coraza (2016), nos muestra en su portada, en escala de grises, las laberínticas escaleras del Hospital de Clínicas, todo una confesión que pone en paralelo la profesión del músico con las intenciones del disco: un viaje circular que a diferencia de la portada está lleno de colores y arreglos instrumentales que lo dejan muy bien parado en su debut como artista. Ya en su segundo disco, Florilegio (2018), la estética se ve invadida por el color, en total coherencia con el concepto del álbum, grabado en vivo a la vieja usanza y constituido por un breve racimo de canciones, que involucran un Merlin (instrumento de tres cuerdas dobles con ascendencia en un instrumento de la edad media llamado Dulcimer), la poesía de Washington Benavides y un montón de colegas que suman su impronta al disco. En La Sombra de Armstrong (2020) las canciones se disparan al espacio interior y con ellas la estética: un astronauta parado sobre la luna en un contexto de brillos y colores profundos. Si nos aventuramos a una interpretación, el músico rompe una coraza en espiral en su primer trabajo y renace entre las flores vivaces de su segundo disco, que deriva en un presente galáctico, donde el espacio no está a 800 kilómetros del artista, sino cerca, muy adentro de sí mismo y sus rincones emocionales.

“Todos tenemos un color gris”

Esas son las cinco palabras que abren el disco, despojadas de música, solas, una confesión sincera al borde del susurro. Las primeras notas que irrumpen en el vacío son de la guitarra del cantautor, su Apolo 11 a lo largo de toda la obra. Se ha escuchado decir por ahí que las buenas canciones tienen un plus cuando se pueden defender con guitarra y voz, deslumbrando con su desnudez y haciéndose fuertes en su aparente fragilidad. En “La Sombra…” eso pasa en cada una de sus piezas, logrando un disco parejo que no escatima en intensidad desde la musical, la interpretación y la lírica. Pero para entender el proceso debemos viajar al año 2017, donde comienza a gestarse este trabajo. En aquel entonces la intención era que sea un disco con banda, las composiciones venían siendo abordadas con esa impronta, pero ni bien comenzaba el año 2018, Matías sufrió un accidente en las playas de La Paloma que lo puso al borde de la muerte. Entre días de recuperación y procesos de sanación, las ideas de “La Sombra…” comenzaban a enfriarse, pero la decisión de grabar el disco ya estaba tomada. Le llevaría varios meses terminarlo, pero lo haría. Para calmar la ansiedad, a finales de ese año, el artista decide seleccionar algunas flores sonoras de su colección, más algunas prestadas de otros jardines, y graba Florilegio, un disco en vivo que apareció para volver a encender la llama y visto a la distancia, inyectó la calma necesaria para que La Sombra de Armstrong tenga el aplomo y la solidez que tiene. Luego de Florilegio, la idea de grabar en formato banda perdió fuerza y ganó terreno la experiencia del registro en vivo. “Tomé la guitarra, hablé con mi hermano, y en su estudio de locución nos pusimos a grabar” nos cuenta Matías en un intercambio de mensajes. “Guitarra y voz, una sola pista… ciento que fue como volver en el tiempo”. Pasaron por alto detalles de grabación, hicieron pocas tomas y trataron de registrar las interpretaciones como si estuvieran tocadas en vivo.

Verdades con detalles

“Hay canciones que me costó un montón exteriorizarlas e incluso interpretarlas, por ejemplo ‘Regalo’. La tuve que tocar muchas veces para que no me genere tristeza a la hora de cantarla y no emocionarme” La letra de ‘Regalo’ dice cosas como: “Tus libros de apuntes/ mi túnica blanca/ tus veintiséis años/ mi muerte en la playa (…) Te regalo todo el poco mucho tiempo que respire/ te regalo más de diez recuerdos” La carga emocional de las letras de este disco aportan uno de los puntos más altos de la obra. Al respecto, Matías nos dice “En el caso de ‘Octubre’, hablo de mi manera de concebir, de ver y de sentir la pobreza como algo propio, como un momento de mi vida que no quiero que me lo cuenten. Sentía que estábamos en un momento histórico y político donde había mucha gente que ‘te la quería contar’ y dije no, no voy a permitir eso: esta es mi postura. Y cuando la fui a grabar, en la casa de mi infancia, donde hoy por hoy vive mi hermano, describiendo esos techos, esos momentos, y decirle que ‘la pobreza fue la escuela de mi niñez/ cuando Marcos dejaba el plato para que yo pueda comer’ y grabarlo frente a él, solos los dos… fue un impacto emocional muy fuerte. Cosas que el artista vive y no todos se enteran…” Esas gemas líricas aparecen constantemente en el disco. En ‘Brindis’ se pueden escuchar frases como “brindan con migas los gorriones/ brindan con aire los aviones/ brindemos, que este día, me escondí y no me encontró”. En ‘Despersonalización II’, sobre una melodía suave en la que la guitarra parece cantar, se escucha “recuerdo quien soy, cuando te extraño/ y cuando no recuerdo, muerdo y te lastimo/ Recuerdo quien soy y te arrebato/ vuelvo a tu barrio y te encuentro cuando niño’. Además de poesía y confesión, hay una postura política y convicciones morales muy definidas (‘me pregunto por qué/ porque no usar el recurso/ que los políticos ladren en ayunas sus discursos’). El cantautor pulió estas canciones hasta dejarlas a flor de piel, con la idea de transmitir la emoción que a él le producen. Pero a la hora de componer, nunca hay fórmulas: “No puedo sentarme a escribir una canción. No puedo forzar la inspiración. No me sale. Compongo en un modo aleatorio, random. Cuando surge la inspiración, casi siempre a partir de una imagen, empiezo a describir esa imagen junto a una melodía y la voy siguiendo, de a poquito, hasta que formo una estrofa o formo una idea. Si tengo algo cerca, lo anoto. Y si no, lo dejo ir… siento que si vale la pena, va a volver. Y siempre vuelve”. Matías es médico, pero no siente que su profesión influya en su forma de concebir la música ni mucho menos. “Influye de repente en la velocidad en la que vivo las cosas, en la velocidad con la que manejo mis tiempos, los ratos libres… pero siento que es como con cualquier otra profesión”. Luego nos agrega que “es muy difícil que componga en tiempos libres. Si bien acumulo data en esos momentos, imágenes, información, me cuesta mucho, cuando estoy distraído de verdad, bajar una idea”

Los pies sobre la luna

El viaje que significó La Sombra de Armstrong para Matías Maldonado fue muy importante, teniendo en cuenta que lo situó como artista en el lugar donde quería estar. “Este es el lugar de la creación sincera y absoluta de mis ideas donde quiero estar. Cuando escucho el disco siento que estoy a las siete de la tarde en el living de mi casa, tocando para dos amigos, tomando un vino. Esa es mi sensación. Es un disco íntimo que me regalo cosas que no esperaba. Me dio esa tranquilidad, esa paz de largar ideas, imágenes, situaciones que quería exteriorizar hacía mucho tiempo. Incluso desde antes de que me pasaran cosas fuertes. Me di cuenta de que no quería más perseguir la zanahoria de los algoritmos, los hashtags, la publicidad. Lo intenté un tiempo, pero entendí que no era parte de mi obra. No iba a lograr llamar la atención de lo inmediato, lo dinámico, que es la nueva difusión de los artistas. Por eso dejé de buscar por ahí. Empecé a buscar por lo que a mí me hace sentir completo, que es esto… crear algo, componerlo y compartirlo enfocado en la obra. En algún momento alguien lo va a escuchar, va a reaccionar a él… o no. Pero está ahí”.

Sombra misteriosa

Uno de los móviles para que existiera esta reseña sobre La Sombra de Armstrong, además del amor a primera escucha, fue el misterio sobre el nombre del disco. Neil Armstrong en 1969 fue el primer hombre en pisar la luna. Desde ese día, su figura pública se potenció enormemente: fama, entrevistas y mucha exposición. Pero tanto flash fotográfico también tuvo su lado oscuro, sus sombras y miserias. La prensa lo etiquetó de hombre huraño y su vida continuó en una granja, alejado del bullicio de las grandes ciudades, tanto o más solo que en aquel histórico 21 de julio. ¿Tendrá todo esto alguna conexión con la decisión del músico de poner su apellido en el nombre del disco? Las dudas se despejaron gracias a su testimonio: “El nombre del disco se lo da una de las canciones que escribí en 2014, que se llamaba ‘Verdades con detalles’ (Hay verdades con detalles/ que salen partidas, falladas/ que hablan de dioses que salvan/ de enfermedades que sanan/ de próceres que liberan sin libertad a la duda/ de amores que nunca llegan/ y de hombres que pisan la luna) Cuando la fuí a registrar, mi hermano me sugirió que como nombre le ponga ‘La Sombra de Armstrong’. Me gustó la imagen que generó con esa sugerencia y entonces la adopté como nombre para la canción. En ese momento supe que podía ser el nombre de un disco también. Así es como nace la idea” Dicha canción fue publicada por fuera del disco, como un single satélite. Al fin y al cabo, nombrar al astronauta más famoso del mundo fue casi un accidente ornamental, una imagen poética que terminó de darle forma al compendio más íntimo de canciones que Matías ha grabado jamás. Su disco más personal y el que al autor más le gusta. De alguna u otra manera, un disco fundacional, revelador, que le marcó sin proponérselo un camino que quiere continuar recorriendo. “Quiero seguir encarando este perfil. Tengo ganas de seguir componiendo. Estoy estudiando, yendo a clases con Osvaldo (Sanguinett), quiero que él me transmita cosas de la música nuestra para no descuidar ese costado, de la música del litoral. Y estoy proyectando para grabar alguna cosa nueva, este año”.

En el “Decálogo del perfecto cuentista” Horacio Quiroga dice: “No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno”, cosa que al parecer ocurre en el disco en cuestión, donde las historias singulares abrazan al cosmos y se vuelven universales, fáciles de meterse en la carne de cualquiera que las escuche. Y más aún cuando el vehículo musical es una guitarra que suena cristalina, habilidad que a Matías le llevó dos discos previos en los que se fue desnudando orquestalmente hablando para llegar hasta el presente. Como dijo Antoine de Saint-Exupéry “La perfección se logra, no cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no queda nada más por quitar”. Entre tantas estrellas y canciones, La Sombra de Armstrong es una constelación que no pasará desapercibida en nuestro cancionero, y el paso del tiempo la irá dotando de más brillo e intensidad. Como uno de esos fenómenos astronómicos, que suceden cada muchos años, pero se quedan para siempre.

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